Conversaciones que jamás imaginaste que un día podrían llegar
Lo primero de todo, conviene aclarar el concepto “conversaciones difíciles”
Cuando hablo de conversaciones difíciles, me refiero a conversaciones con una alta carga emocional, en las que hay que tomar decisiones importantes que afectan a tu vida y a la de vuestros hijos.
En realidad, son conversaciones que pueden hacernos sentir que nuestra seguridad, nuestra tranquilidad y nuestro bienestar y también el de nuestros hijos están en riesgo.
Esa carga emocional no procede del tema del que se habla sino por lo que cada persona siente que puede perder.
A veces es una pérdida de una vivienda,
Otras un cambio en el estilo de vida,
Un empeoramiento económico al romperse la relación de pareja o dejar de compartir cada segundo en la vida de tus hijos o perjudicar la relación con ellos.
Y por eso resultan tan difíciles.
Muchas parejas creen que están preparadas para separarse de mutuo acuerdo porque ya han tomado la decisión de poner fin a su relación.
Sin embargo, cuando llega el momento de reorganizar su vida familiar, descubren que nunca habían hablado de cuestiones tan importantes como:
• quién se quedará en la vivienda,
• cómo organizarán las vacaciones,
• qué harán con los cumpleaños,
• cómo tomarán decisiones sobre los niños,
• qué ocurrirá si aparece una nueva pareja,
• o cómo gestionarán los gastos extraordinarios.
Y es precisamente ahí donde empiezan muchos conflictos.
Porque los acuerdos no se construyen en el convenio regulador.
Los acuerdos empiezan a construirse mucho antes.
En este artículo vas a descubrir por qué muchas parejas que quieren separarse de mutuo acuerdo terminan teniendo dificultades para llegar a acuerdos importantes sobre sus hijos.
También veremos qué conversaciones conviene abordar antes de sentarse con el abogado y por qué muchas dificultades no aparecen al redactar el convenio regulador, sino mucho antes: cuando los padres intentan tomar decisiones importantes sin haber hablado previamente de aspectos esenciales para la nueva vida familiar.
El error que cometen muchos padres cuando deciden separarse
Muchos padres llegan a la separación pensando que, para separarse de mutuo acuerdo, lo primero que necesitan es un abogado.
Y tiene lógica.
Porque durante años hemos aprendido que la separación se resuelve con documentos, trámites y decisiones legales.
Sin embargo, cuando llega el momento de reorganizar la vida familiar, muchos padres descubren que el verdadero reto no está en firmar un acuerdo.
Está en construirlo y en tener conversaciones difíciles.
Porque antes de decidir quién se queda en la vivienda, cómo organizar las vacaciones o qué hacer con los gastos de los niños, es necesario hablar de cuestiones que quizás nunca habíais hablado.
Y cuando esas conversaciones no se han tenido, aparecen los bloqueos, los malentendidos y los conflictos que terminan dificultando el mutuo acuerdo.
Ese es, precisamente, uno de los errores más frecuentes cuando una pareja decide separarse.
La mayoría de las veces ese error nace de una creencia muy extendida sobre cómo se construye un acuerdo de mutuo acuerdo.
Creer que el mutuo acuerdo empieza en el despacho del abogado
Cuando una pareja decide separarse de mutuo acuerdo, es habitual pensar que el siguiente paso es buscar un abogado.
Y, en parte, es cierto.
Porque el abogado será quien os ayude a dar forma legal a los acuerdos que alcancéis.
Muchas parejas llegan al despacho pensando que el abogado les explicará cómo hacerlo.
Y, en cierto modo, es así.
Les explicará las opciones legales y los pasos que pueden seguir.
Pero ningún abogado puede decidir por vosotros.
Cómo queréis organizar la vida de vuestros hijos y la vuestra propia a partir de la separación
Porque el abogado puede explicar cómo se hace la separación de mutuo acuerdo.
Pero las decisiones sobre vuestra familia solo podéis tomarlas vosotros.
El problema es que muchas personas creen que los acuerdos se construyen en el despacho del abogado.
Como si bastara con sentarse frente a un profesional para que aparezcan las respuestas.
Pero la realidad suele ser muy distinta.
Porque cuando el abogado empieza a hacer preguntas, descubre que muchas de las decisiones importantes todavía no están ni siquiera habladas.
Y entonces aparecen las diferencias:
• Diferencias sobre la vivienda.
• Sobre las vacaciones.
• Sobre los horarios.
• Sobre los gastos de los niños.
• Sobre las necesidades reales de los hijos y aspectos de su cuidado.
• Sobre la forma de tomar decisiones en el futuro.
• Y, a veces, incluso sobre qué es lo más importante proteger y cuál debería ser la prioridad durante la separación.
Por eso muchas parejas llegan convencidas de que van a separarse de mutuo acuerdo y descubren que ponerse de acuerdo es mucho más complejo de lo que imaginaban.
Porque son conversaciones que nunca habían tenido durante la relación.
Y es difícil construir acuerdos sobre temas que nunca se han hablado.
Por eso el verdadero reto no empieza cuando llegáis al despacho del abogado. Empieza cuando os sentáis a hablar y decidir cómo será vuestra nueva vida familiar.
Lo que realmente ocurre cuando llega el momento de organizar la nueva vida familiar
Es en este momento cuando muchas parejas descubren que separarse de mutuo acuerdo no consiste únicamente en estar de acuerdo en separarse.
Consiste en ponerse de acuerdo sobre cómo será la nueva vida de sus hijos y la de cada uno de ellos.
Y es ahí donde empiezan muchas de las conversaciones difíciles que hasta ese momento no habían sido necesarias.
Hace poco una madre me decía que la relación con su expareja había sido cordial durante meses tras la ruptura.
Vivían en la misma casa solo que en espacios diferentes.
No discutían.
No había grandes conflictos, había colaboración y coordinación.
Y tenían la sensación de que todo marchaba razonablemente bien.
Sin embargo, cuando llegó el momento de tomar una decisión importante sobre la vivienda familiar, comenzaron los desacuerdos.
Lo que antes parecía sencillo dejó de serlo.
Y aquello que durante meses parecía funcionar empezó a tensarse.
No porque uno de los padres hubiese cambiado.
Sino porque, hasta ese momento, muchas de las conversaciones importantes todavía no se habían producido.
Y esto ocurre con mucha más frecuencia de la que imaginamos.
Muchas parejas creen que se están separando de mutuo acuerdo porque no discuten.
Pero no discutir no significa que existan acuerdos.
A veces simplemente significa que todavía no ha llegado el momento de tomar decisiones importantes.
Decidir quién se queda en la vivienda.
Dónde se empadronan los niños. Y, por tanto, dónde se escolarizan y van al médico.
Cómo se organizarán las vacaciones.
Qué ocurrirá con los cambios de horarios si los padres tienen horarios laborales distintos.
Cómo se tomarán las decisiones relacionadas con los niños.
O qué harán cuando aparezcan situaciones nuevas en el futuro.
Es entonces cuando descubren que nunca habían hablado realmente sobre muchas de estas cuestiones.
Y que cada uno había imaginado soluciones diferentes.
Las preguntas que tarde o temprano os hará el abogado
Llegado ese momento, el abogado empezará a hacer preguntas.
Y muchas de ellas no tienen una respuesta jurídica.
Tienen una respuesta familiar.
Porque antes de redactar un convenio regulador es necesario tomar decisiones sobre cómo vais a organizar vuestra nueva vida como padres.
Preguntas como estas:
• ¿Quién se quedará en la vivienda familiar?
• ¿Cómo os organizaréis las vacaciones escolares?
• ¿Qué ocurrirá con los puentes y días festivos?
• ¿Cómo celebraréis los cumpleaños de los niños?
• ¿Quién llevará a los niños a las actividades extraescolares?
• ¿Qué ocurrirá si uno de vosotros cambia de trabajo?
• ¿Cómo actuaréis si aparece una nueva pareja?
• ¿Cómo se tomarán las decisiones importantes relacionadas con los niños?
• ¿Qué gastos se considerarán extraordinarios y cómo se pagarán?
Y podrían añadirse muchas más.
El problema es que estas preguntas suelen llegar cuando la relación ya está desgastada emocionalmente.
Cuando existe miedo.
Incertidumbre.
Enfado…
Esa carga emocional es lo que hace que muchas de estas conversaciones se conviertan en conversaciones difíciles.
Y también es posible que te guíes por lo que ves en medios digitales, redes sociales o foros de padres o incluso preguntes en tu círculo cercano a personas que se han separado de cómo lo han hecho ellos.
Y es posible que nunca os hayáis sentado a hablar de muchas de estas cuestiones hasta ahora.
Responder a estas preguntas no siempre resulta tan sencillo como parece.
Porque detrás de cada respuesta suelen aparecer valores, necesidades, expectativas y preocupaciones que muchas veces nunca habíais hablado como pareja.
Y cuanto más importantes son las decisiones, más necesario resulta hablarlas antes de sentarse a redactar el convenio.
Nadie os enseño a tener conversaciones difíciles
Si al leer esto piensas qué ojalá alguien te hubiese enseñado a lidiar con este tipo de conversaciones, es normal.
De hecho, muchos padres piensan como tú.
A la mayoría de las parejas (igual hay excepciones) no les dan un cursillo ni un taller de cómo enfrentarse a conversaciones difíciles ni durante el noviazgo, ni en los cursillos prematrimoniales.
Y menos prepararnos para hablar sobre cómo organizarían su vida si algún día dejaran de estar juntas.
Y es lógico.
Cuando construimos una relación pensamos en compartir un proyecto de vida hasta el final de nuestros días.
No en cómo reorganizarlo si termina.
Por eso muchas de estas conversaciones simplemente nunca se producen.
Y cuando aparecen desacuerdos sobre temas relacionados con el futuro, tampoco suele ser habitual profundizar en ellos.
Muchas veces se posponen.
Se evitan.
O se cierran con frases que parecen resolver el problema, pero en realidad solo lo aplazan una conversación que quizá algún día sea necesario tener.
«Ya hablaremos cuando llegue el momento»
Todos hemos escuchado (o dicho) alguna vez frases como:
• «Ya veremos qué hacemos.»
• «Ahora no toca hablar de eso.»
• «Cuando llegue el momento, si llega (que no lo creo), lo decidiremos.»
• «No merece la pena discutir por algo que todavía no ha pasado.»
Y aunque en ese momento parezcan una solución, en realidad suelen convertirse en una forma de posponer conversaciones importantes.
Porque la situación no desaparece.
Simplemente queda pendiente.
Y cuando llega la separación, aquello que parecía un tema para otro día se convierte en una conversación urgente.
Conversaciones que se evitaron durante años
A veces no es que las parejas no hayan hablado nunca.
Es que hablaron por encima.
O que intentaron hacerlo y terminaron discutiendo.
O que uno de los dos decidió abandonar la conversación porque le generaba angustia.
O porque pensó que era mejor dejar el tema para otro momento.
Con el paso de los años se van acumulando pequeñas cuestiones sin resolver.
Y cuando llega la ruptura, muchas de ellas reaparecen precisamente cuando más difícil resulta gestionarlas.
Justo cuando más necesitan escucharse, colaborar y tomar decisiones pensando en sus hijos.
Cuando la separación obliga a hablar de lo que nunca se habló
La separación tiene algo particular.
Obliga a tomar muchas decisiones en un plazo de tiempo muy corto.
Ya no es posible decir:
«Ya veremos.»
Porque ahora sí ha llegado el momento.
Y es entonces cuando muchas parejas descubren que no solo tienen que organizar horarios, vacaciones o gastos.
También tienen que mantener conversaciones que nunca llegaron a tener durante la relación.
Conversaciones sobre prioridades.
Sobre expectativas.
Sobre responsabilidades.
Sobre dinero.
Y sobre cómo seguir protegiendo a sus hijos a partir de ahora.
No siempre ocurre porque nunca se hubiera hablado del tema.
Algunas parejas sí tuvieron conversaciones años atrás.
Quizá cuando un familiar se separó.
O cuando un amigo pasó por una ruptura.
Incluso puede que se preguntaran: «¿y nosotros qué haríamos?»
Y puede que aquellas respuestas les transmitieran tranquilidad.
Pero una cosa es imaginar una situación.
Y otra muy distinta vivirla.
Porque cuando la separación deja de ser una posibilidad lejana y se convierte en una realidad, aparecen emociones, miedos y necesidades que antes no estaban presentes.
Y eso cambia la forma en que vemos muchas decisiones.
Y muchas personas descubren que las respuestas que parecían claras y coherentes con la relación que estaban viviendo años atrás ya no encajan con la realidad que tienen delante.
¿Estáis preparados para tener estas conversaciones?
Muchas personas creen que para separarse de mutuo acuerdo es necesario pensar igual.
Pero no es así.
Lo que realmente es importante no es que ambos tengáis la misma opinión sobre cómo vais a organizar el cuidado de los niños, las vacaciones o el dinero.
Es la capacidad de hablar sobre esas diferencias sin convertir cada conversación en una batalla.
Porque cuando una pareja se separa, las diferencias no desaparecen.
De hecho, suelen hacerse más visibles.
Y aprender a gestionarlas y saber manejar conversaciones difíciles será una de las habilidades más importantes para proteger a los niños y construir acuerdos duraderos.
No se trata de pensar igual
Una de las creencias que más conflictos genera durante la separación es pensar que para llegar a un acuerdo ambos padres deben estar de acuerdo en todo.
Pero las familias funcionan de otra manera.
Incluso durante la convivencia es habitual tener opiniones distintas sobre la educación de los niños, el dinero, las vacaciones o la organización del día a día.
Durante la convivencia no hace falta estar de acuerdo en todo porque existe un “nosotros” que amortigua las diferencias. A veces:
Cede uno,
el otro persuade,
se prueban opciones,
o se deja pasar esa diferencia.
Y esas diferencias se ven normales.
En cambio, en la ruptura deja de existir “ese nosotros” y a esa diferencia le ponemos la etiqueta de “conflicto”
Y el problema surge cuando esas diferencias empiezan a interpretarse como ataques, amenazas o intentos de imponer una única forma de hacer las cosas.
Porque dos personas pueden pensar diferente y, aun así, tomar buenas decisiones para sus hijos. Y formar un gran equipo como padres.
Se trata de poder hablar sin destruir la conversación
La pregunta importante no es:»¿Pensamos igual?»
La pregunta importante es:»¿Podemos hablar de lo que pensamos sin hacernos daño?»
Porque muchas de las discusiones que aparecen durante una separación no nacen de las diferencias.
Nacen de la forma en que hablamos sobre ellas.
De las críticas.
De los reproches.
De las interpretaciones.
De los mensajes enviados desde el enfado.
Por eso, antes incluso de hablar sobre custodias, vacaciones o dinero, conviene aprender a comunicarse de una forma que permita buscar soluciones sin empeorar la relación como padres.
De hecho, muchas conversaciones fracasan no por el tema que se está tratando, sino por la forma en que se aborda. En este artículo te explico algunas de las formas de hablar con tu ex que suelen acabar empeorando el conflicto y dificultando los acuerdos.
También es importante saber cuál es la prioridad principal para cada uno
Antes de hablar de cómo vamos a organizarnos y distribuirnos la responsabilidad de crianza y educación de los niños, hablar de dinero, de casa… conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿qué es lo más importante para ti en esta separación?
Porque muchas discusiones nacen cuando dos personas intentan defender necesidades distintas sin darse cuenta.
Para una persona puede ser fundamental la estabilidad de los niños.
Para otra, mantener el contacto diario.
Para otra, conservar la vivienda.
Para otra, disponer de seguridad económica para poder cubrir las necesidades básicas…
Y cuando esas prioridades no se hablan, cada conversación se convierte en un choque de posiciones.
Sin embargo, cuando entendemos qué necesita proteger cada uno, resulta mucho más fácil construir acuerdos.
Por qué tantos mutuos acuerdos terminan rompiéndose
Cuando una pareja decide separarse, muchas de las conversaciones que aparecen no son conversaciones sin transcendencia.
Son conversaciones donde cada persona siente que algo importante para ella puede estar en juego.
Para una persona puede ser la relación con sus hijos.
Para otra, la estabilidad económica necesaria para cubrir sus necesidades básicas.
Para otra, la posibilidad de rehacer su vida…
Cada persona vive estas preocupaciones de una manera diferente.
Por eso estas conversaciones tienen una carga emocional tan alta.
Porque no estamos hablando solo de dinero, de una vivienda o de unas vacaciones o reparto de días.
Estamos hablando de necesidades, valores, miedos y prioridades que cada persona intenta proteger.
Y cuando no sabemos expresar lo que realmente nos preocupa o necesitamos, solemos defender posiciones.
Nos aferramos a una propuesta.
Intentamos convencer al otro.
Interpretamos sus palabras como una amenaza.
Y dejamos de escuchar lo que hay detrás de lo que está diciendo.
Entonces la conversación se bloquea.
Y cuando la conversación se bloquea, el conflicto aparece y crece cada vez más.
Cuando una persona siente que aceptar una propuesta puede alejarla de sus hijos, poner en riesgo su estabilidad económica o dificultar la vida que intenta construir tras la ruptura…, es normal que le cueste ceder.
No porque quiera enfrentarse al otro.
Sino porque siente que está protegiendo algo muy importante para ella.
Lo que ocurre es que la mayoría de los padres llegan a estas conversaciones sin las herramientas necesarias para afrontarlas.
Nadie les enseñó a hablar de necesidades, miedos o prioridades cuando sienten que algo importante está en juego.
El convenio regulador no crea acuerdos
Llegados a este punto, muchos padres descubren que el convenio regulador no crea los acuerdos.
Los recoge.
El abogado desempeña una labor fundamental porque da forma legal a las decisiones que los padres han tomado y defiende los derechos de los padres en caso de que uno de ellos vulnere los derechos del otro o de los niños.
Pero esas decisiones no nacen en el despacho del abogado.
Se construyen mucho antes, en las conversaciones que los padres mantienen para decidir cómo será su vida y la de sus hijos.
Cómo se organizarán (si todavía no tienes claro qué implica reorganizar una familia tras la ruptura, puedes leer este artículo sobre organización familiar tras la separación, donde explico las decisiones que suelen tener que afrontar los padres cuando comienza esta nueva etapa).
Qué necesidades tendrán los niños.
Cómo resolverán las diferencias que aparezcan en el futuro.
Y qué harán cuando las circunstancias cambien.
Porque cambiarán.
Por eso firmar un convenio no significa que el trabajo haya terminado.
En realidad, la relación de pareja termina.
Pero la relación como padres continúa.
Continuará en los cumpleaños.
En las reuniones escolares.
En las actividades extraescolares.
En las decisiones importantes relacionadas con los niños.
Y también en los momentos difíciles que inevitablemente aparecerán con el paso del tiempo.
Por eso un acuerdo sólido no es el que mejor queda redactado.
Es el que los padres son capaces de llevar a la práctica teniendo en cuenta sus circunstancias laborales, económicas, familiares, salud… y, por supuesto, las necesidades de sus hijos.
Porque ningún documento puede sustituir una conversación que nunca se tuvo.
Ni resolver un conflicto que los padres todavía no saben gestionar.
Ni enseñarles a hablar de sus diferencias cuando sienten que algo importante está en juego.
Si has llegado hasta aquí, quizá haya llegado el momento de hacerte una pregunta incómoda.
No si vais a ser capaces de firmar un convenio.
Sino si vais a ser capaces de hablar sobre las diferencias que inevitablemente van a aparecer durante y tras la separación.
Porque, aunque la relación de pareja haya terminado, seguís siendo una familia.
Y eso significa que las conversaciones importantes no terminan el día que se firma el convenio regulador.
Porque como ocurre en cualquier familia, con el paso del tiempo aparecerán nuevas circunstancias que os obligarán a reorganizaros de nuevo.
Cambios laborales.
Problemas de salud.
Nuevas parejas.
Cambios en las necesidades de los niños.
O situaciones que hoy ni siquiera podéis imaginar.
Prepararse antes de sentarse con el abogado puede evitar muchos errores
Cuando los padres llegan a estas conversaciones con más claridad, las decisiones suelen ser más acordes a su realidad familiar y, por tanto, más sencillas de llevar a la práctica.
Porque entienden mejor qué necesitan sus hijos, qué necesitan ellos mismos y cómo organizar su nueva vida familiar.
Esto suele traducirse en:
• Más claridad y coherencia en los acuerdos con las circunstancias de cada uno de los padres y necesidades de los niños.
• Menos conflictos.
• Menos desgaste emocional.
• Más posibilidades de mantener el mutuo acuerdo.
• Mayor protección para los niños.
Porque el objetivo no es firmar un convenio lo antes posible.
El objetivo es construir acuerdos que sigan funcionando cuando empiece la vida real.
La conversación más importante ocurre antes de hablar de acuerdos
Porque separarse de mutuo acuerdo no consiste únicamente en firmar un convenio.
Consiste en tener conversaciones difíciles para reorganizar la vida familiar cuando la ruptura ya es una realidad.
Conversaciones que nunca se tuvieron durante la relación.
Conversaciones sobre los niños.
Sobre las diferencias.
Sobre las prioridades y necesidades.
Y sobre cómo seguir siendo un equipo como padres cuando la relación de pareja ha terminado.
Por eso, antes de sentarte con un abogado, quizá la pregunta más importante no sea: ¿seremos capaces de ponernos de acuerdo?
Quizás la pregunta sea: ¿estamos preparados para tener las conversaciones que ese convenio exige?
Porque el abogado puede redactar los acuerdos.
Pero primero los padres tienen que construirlos.
Y para construirlos necesitan algo más que buena voluntad.
Herramientas y la capacidad de hablar de lo importante sin convertir cada diferencia en una batalla.
Si quieres aprender herramientas prácticas para mantener estas conversaciones durante y después de la separación, puedes apuntarte a la lista de espera del taller intensivo: Cómo hablar con mi ex sin discutir




